Moto del día: Sachs Beast 1000
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A principios de los años 2000, el segmento de las Naked estaba a punto de explotar. Sin embargo, nadie esperaba que una marca históricamente ligada a los componentes y a las pequeñas cilindradas como Sachs se presentara en el Salón Intermot de Múnich con una propuesta tan radical que dejó en estado de shock a la industria japonesa y europea. Se llamaba Sachs Beast 1000, y aunque hoy es un prototipo que descansa en el baúl de los “podría haber sido”, su concepto era tan avanzado que todavía hoy se ve moderno.
La idea de Sachs era simple pero ambiciosa: construir la Naked definitiva utilizando el mejor material disponible en el mercado. Para el motor, no se anduvieron con chiquitas y llamaron a la puerta de Suzuki para pedirles el legendario bloque de la Suzuki TL1000S. Estamos hablando de un bicilíndrico en V a 90 grados, con 996 cc, inyección electrónica y una reputación de motor “indomable” gracias a su entrega de par bruta desde muy abajo. En la Beast, este motor prometía unos 125 CV para un conjunto que apenas superaba los 170 kg, una relación peso-potencia que en el año 2000 era terreno exclusivo de las Superbikes de circuito.
Lo que realmente hacía que la Sachs Beast fuera especial era su estética, obra del estudio Target Design (los mismos genios que parieron la Suzuki Katana original). La moto era un ejercicio de minimalismo industrial. No había plásticos superfluos; el chasis de tipo multitubular abrazaba el motor de forma estrecha, y el depósito de combustible presentaba unas líneas angulosas y afiladas que hoy veríamos en marcas como KTM.
El frontal era, quizás, su punto más polémico y reconocible. Un faro doble apilado verticalmente, incrustado en una máscara de diseño futurista, le daba ese aspecto de “cíclope” robótico que le valió su nombre de “La Bestia”. Además, Sachs quería demostrar su capacidad como fabricante de componentes de primer nivel, equipando a la Beast con una horquilla invertida sobredimensionada y un sistema de escape que terminaba en dos salidas altas, integradas de forma magistral en el colín, dejando la rueda trasera completamente a la vista.
La acogida del público y de la prensa fue espectacular. Sachs recibió miles de peticiones de información y el interés por llevarla a la serie era real. Sin embargo, la marca alemana se encontraba en una situación financiera muy delicada. El coste de desarrollar una moto de alta cilindrada desde cero, sumado a la necesidad de crear una red de distribución capaz de mantener una máquina de este calibre, fue demasiado para las arcas de Sachs.
A pesar de que se llegaron a ver unidades de pre-serie rodando en pruebas dinámicas, la empresa entró en una fase de reestructuración masiva que acabó con el proyecto guardado en un cajón de su sede en Núremberg. Fue una tragedia para los entusiastas, ya que la Beast se adelantó años a modelos como la Ducati Streetfighter o la KTM 990 Super Duke, motos que luego triunfarían con una receta muy similar: motor bicilíndrico potente, chasis rígido y una estética de “mala leche” sin concesiones.
Hoy, la Sachs Beast 1000 es recordada como el último gran órdago alemán en el mercado de las motocicletas de altas prestaciones. Una moto que demostró que Sachs tenía el talento y la visión para pelear con los más grandes, pero a la que la falta de pulmón financiero le cortó las alas antes de poder demostrar su valía en el asfalto. Queda para el recuerdo como uno de los prototipos más bellos y prometedores de la década pasada.
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