Esculturas de asfalto: Cuando las motos no necesitaban gritar para demostrar su poder
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Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que las motocicletas no necesitaban gritar para que nos quedáramos mirándolas en un semáforo. Mirar hoy el catálogo de cualquier gran fabricante es, en muchos casos, enfrentarse a una colección de ángulos imposibles, plásticos superpuestos y una estética de videojuego que parece caducar antes incluso de salir del concesionario. Obviamente, los gustos cambian, las normativas evolucionan y las necesidades son otras, pero no siempre son excusas para justificar determinadas soluciones.
Si echamos la vista atrás, hacia modelos como la Honda CBR 1100 XX Super Blackbird o la Kawasaki Zephyr, comprendemos que la personalidad de una máquina no residía en cuántos alerones de carbono podía lucir, sino en la coherencia de sus líneas y en el respeto por el metal y las fibras. Aquellas motos no eran simples medios de transporte ni juguetes desechables; eran esculturas industriales pensadas para envejecer con la dignidad de los objetos bien hechos. No estamos diciendo que las actuales sean lo contrario, pero la carrera por la eficiencia, por la estabilidad aerodinámica, por la potencia bruta, ha terminado por provocar lo mismo que en el mundo de las cuatro ruedas; las motos actuales parecen sacadas de videojuegos y su personalidad radica en presentar formas exageradas, ángulos por aquí y por allá, colines muy recortados…
Basta con observar la limpieza de una Honda CBR 1000 F o la mencionada Blackbird para entender el concepto de diseño integrado. En los noventa, el carenado no era un conjunto de piezas inconexas, sino una piel fluida que envolvía la mecánica como un traje a medida, buscando la aerodinámica sin renunciar a una elegancia casi arquitectónica. Eran motos que parecían talladas en un solo bloque de granito, con una presencia señorial que hoy ha sido sustituida por el barroquismo de las aristas y los faros que parecen ojos de insecto enfadado. Consideramos que se ha perdido ese “sentido de unidad”, esa capacidad de crear una silueta que pudieras reconocer a un kilómetro de distancia simplemente por su fluidez y no por lo estridente de sus apéndices.
Si pasamos al mundo de las naked, el contraste es todavía más doloroso para el purista. Una Suzuki Inazuma 1200 o una Kawasaki Zephyr mostraban su desnudez sin reparo, no pretendían ser lo que no eran: un motor, un chasis y dos ruedas. No necesitaban esconderse bajo tapas de plástico para disimular una ingeniería descuidada; al contrario, hacían del motor el centro absoluto del diseño, con sus aletas de refrigeración pulidas brillando bajo el sol como una declaración de principios o, incluso, mostrando sin rubor un motor que no había sido diseñado para ser enseñado –aquellas naked con motores derivados de deportivas, por ejemplo–.
Aquellas motos tenían una honestidad mecánica que hoy echamos de menos, donde cada cable y cada tornillo parecían tener un lugar lógico y estético en el conjunto. Eran máquinas que podías entender solo con mirarlas, transmitiendo una robustez que las actuales “super-naked” de aspecto futurista difícilmente pueden igualar. Sí, es cierto que con solo verlas casi sientes la patada que te darán si no tienes la experiencia suficiente, notas claramente su carácter, pero les falta, digamos, pureza.
Fijar la vista incluso en las custom de hace tres décadas nos revela que incluso en ese segmento había una búsqueda de la armonía que hoy parece haberse extraviado. No se trataba solo de cromados por doquier, sino de unas proporciones que respetaban la herencia clásica sin caer en la caricatura. Eran motos con “cuerpo”, con depósitos que tenían formas orgánicas y escapes que seguían la línea del chasis con una naturalidad pasmosa.
Hoy, la obsesión por la eficiencia y la reducción de costes ha estandarizado los diseños hasta el punto de que muchas veces cuesta distinguir una marca de otra si les quitas las pegatinas. La personalidad se ha diluido en favor de una agresividad forzada que, a menudo, no es más que maquillaje para ocultar una falta de alma creativa. ¿Una situación obligada por las condiciones del mercado actual? Sin duda alguna, pero no por ello tiene que gustarnos.
Jamás volveremos a esa época donde los diseñadores tenían la libertad de crear máquinas como la Norton F1, un delirio técnico que era tan bello como irracional, pero precisamente por eso seguimos volviendo a estas “viejas glorias”. No es solo nostalgia de quien suma años, es la reivindicación de un diseño que buscaba la atemporalidad por encima de la tendencia pasajera.
Quizás sea cierto que las motos de hoy frenan mejor, corren más y son más seguras, pero a menudo nos dejan fríos cuando las aparcamos en el garaje y apagamos la luz. Al final, lo que buscamos en una moto es esa conexión visual y emocional que solo te da una máquina que parece haber sido diseñada por alguien que amaba el metal, y no solo por un algoritmo obsesionado con el flujo del aire.
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