Candelabro: una llama contestataria y esperanzadora para el rock latinoamericano
Actualmente, no sería descabellado afirmar que la escena musical latina está dominada por el género urbano. En Chile, particularmente, esta escena ha tenido un segundo aire gracias a artistas como Akriila, Easykid o Sinaka, rescatando sonidos e influencias del pasado y mezclándolos con otras corrientes como el hyperpop o el neoperreo.
Sin embargo, en el país austral, a pesar de esta gran carga sobre lo urbano, en paralelo se han ido construyendo proyectos más cercanos al rock indie, como es el caso de agrupaciones como Niños del Cerro o Asia Menor. En ese contexto, en 2023 aparece una banda que ha ido creciendo poco a poco, con una propuesta que para muchos jóvenes resulta nueva ya que retoma sonidos clásicos del rock chileno y los cruza con influencias modernas, sobresaliendo y convirtiéndose en un referente dentro de la escena independiente: Candelabro.

Candelabro, integrada por Matías Ávila, Franco Arriagada, Carlos Muñoz, Javiera Donoso, Luis Ayala, Nahuel Alavia y María Lobos, lleva varios años construyendo un proyecto sumamente profundo e interesante, algo que la ha hecho destacar dentro del mundo indie chileno. Sin embargo, fue en 2025 cuando su propuesta entró en el radar de gran parte del público con su álbum Deseo, carne y voluntad, amado por los melómanos latinos y aclamado por la crítica, demostrando que su sonido, estética y mensaje no podían permanecer ocultos por más tiempo.
En conversación con ROLLING STONE en Español, Matías Ávila, fundador y líder del grupo, habla sobre los inicios de la banda, sus dos álbumes de estudio hasta ahora, la importancia de tomar una postura política y su gira por España.
La verdad, me emociona mucho hablar contigo. Candelabro es una de las bandas que más he escuchado desde el año pasado y, antes de entrar de lleno en Deseo, carne y voluntad y su gira por España, me gustaría ir al inicio. ¿Cómo nace Candelabro y qué intención había detrás desde el comienzo?
Candelabro como tal nace en 2023, cuando Franco, Nahuel, Luis, Carlos, Javi y yo —éramos seis en un inicio— estábamos tocando canciones que yo había compuesto para mi carrera solista. Antes teníamos una banda que se llamaba “La Sonora Matías Ávila”, porque éramos muchos. En Chile existe toda esta tradición de “sonoras”, como La Sonora de Tommy Rey o La Sonora Palacio, bandas grandes que tocan cumbias y animan fiestas, especialmente en fechas como Año Nuevo. Jugábamos con esa idea.
Después empezó a tener más sentido convertirnos en banda, porque el trabajo colectivo era fundamental para que existiera un proyecto así. También era raro tener una agrupación tan numerosa bajo mi nombre. A mí no me acomodaba, y era más lógico bautizar el proyecto. Ahí, después de muchas conversaciones, decidimos llamarnos “Candelabro”.
El nombre tiene una historia personal. Mi abuela tenía una lámpara que simulaba ser un candelabro, y como mi mamá trabajaba mucho cuando yo era niño, pasaba bastante tiempo con mis abuelas. Uno de mis pasatiempos era hablarle a ese objeto por horas. El candelabro, además, es algo ostentoso, pero también presente en espacios cotidianos como universidades o edificios antiguos. Tiene esa dualidad: es extravagante, pero accesible.
Creo que la banda también tiene algo de eso: somos un grupo grande, con pasajes a veces raros o extensos, pero que no pierde la fuerza de la música popular ni del canto que conecta con la gente, que hace que griten, lloren o celebren con nosotros.


Son varios integrantes, muchas miradas distintas. ¿Cómo conviven esas visiones dentro de la banda? ¿Cómo funciona el proceso de composición, especialmente entre Ahora o nunca y Deseo, carne y voluntad?
Aunque Candelabro nace en 2023, con Franco llevamos casi diez años tocando juntos. Con Carlos, el bajista, unos siete u ocho. Con la Javi también hay una historia larga —nos conocemos hace unos cinco años y fuimos pareja dos—. Hay vínculos muy fuertes entre todos, y además cada uno escucha cosas muy distintas. Nos encontramos en ciertos puntos, sobre todo en la música chilena: 31 Minutos, Congreso, Los Prisioneros, Los Jaivas, pero venimos de lugares bien distintos.
En el primer disco, Ahora o nunca, muchas canciones las compuse en pandemia. Eran ideas que tenía dando vueltas y que después se transformaron en canciones de banda. Yo llegaba con algo armado y sobre eso improvisábamos hasta construirlas.
En Deseo, carne y voluntad el proceso fue parecido, pero mucho más colectivo. Ya no estaba la pandemia encima, nos encontrábamos más en la sala de ensayo y empezamos a hablar un lenguaje común. A veces yo llevaba una idea muy pequeña, o por ejemplo Lucho llegaba con un riff, y desde ahí armábamos todo. Muchas canciones nacieron directamente en ese espacio.
Eso terminó definiendo el sonido del disco y también el de la banda hacia adelante. Lo que estamos trabajando ahora sigue esa lógica: todos aportan, todos proponen, y muchas ideas que surgen en el ensayo cambian completamente la dirección de una canción.
Entrando en este segundo álbum, lo primero que llama la atención es la portada. ¿Qué significado tiene y por qué decidieron apostar por esa imagen?
La responsable —y genia— detrás de la portada es Javiera Donoso, que es cantante, percusionista, arreglista, ocupa sintetizadores en el grupo y además se encarga de toda el área visual. Ella venía trabajando este concepto de tensión entre lo blanco y lo oscuro, lo divino y lo terrenal. A partir de ahí desarrolló múltiples bocetos del cordero con la estrella y la corona de espinas. Fue un proceso largo, de diálogo constante —incluso se consideró dejar solo la estrella—, que tomó varios meses, pero que sin duda valió la pena.
El impacto ha sido tal que muchas personas incluso se han tatuado la imagen. Su significado, según lo que hemos conversado, se articula en torno a los conceptos del disco: el deseo, la carne y la voluntad. El deseo aparece como algo puro, representado en el cordero; la carne, en la corona, como límite o atadura a lo terrenal; y la voluntad, en la estrella, como aquello que ilumina y permite avanzar. Así, ese deseo se transforma en una convicción que atraviesa tanto las canciones como el universo visual de la banda.
Hay un claro componente religioso que atraviesa todo el álbum y, aunque algunos lo han leído como un proyecto netamente “cristiano”, también hay una crítica a la religión y un comentario político que dialoga con la situación actual no solo en Chile, sino en América Latina. ¿Cómo nace este concepto? ¿Qué querían explorar o tensionar con este proyecto?
Me acuerdo perfecto de una noche en la que veníamos saliendo de la sala de ensayo con los chiquillos y les dije que quería que el disco se tratara precisamente de religión, de Chile y de las tensiones políticas. Creo que América Latina es una región profundamente atravesada por el catolicismo, eso es evidente. Somos un continente con mucho que ofrecer y con una historia muy potente, pero es cierto que, desde la llegada del catolicismo como institución, nuestra historia cambia y marca un antes y un después. Es muy distinto, por ejemplo, a lo que sucede en Europa, donde el vínculo está mucho más enraizado; no sé si es menos complejo, pero sí diferente. Acá nuestras raíces eran otras, y lo que ocurre es un quiebre: la colonización.
Sin embargo, la Iglesia católica en Latinoamérica —y en específico en Chile— ha jugado un rol transversal, sobre todo en los momentos más oscuros del país, como la dictadura militar. Están el Comité Pro Paz, la Vicaría de la Solidaridad, figuras como Mariano Puga o Raúl Silva Henríquez, que fueron férreos opositores a la dictadura de Augusto Pinochet. Y hay muchos otros ejemplos de esa entrega por el otro, que es algo con lo que, de alguna forma, todos hemos sido educados. Es algo que excede las creencias individuales: una persona puede ser agnóstica o atea, pero igual cargar con cierta culpa cristiana propia de esta sociedad.
Lo mismo pasa en las instituciones. Uno puede decir que el Estado es laico, pero, al final, en la toma de decisiones políticas de muchos países latinoamericanos hay factores que adhieren a órdenes más conservadoras del catolicismo o, por el contrario, a una línea más social dentro del cristianismo. Ambas cosas conviven. Entonces, esas tensiones son parte de la idiosincrasia latinoamericana, y particularmente de la chilena: están a la vista. Y al mismo tiempo, la Iglesia Católica también representa, en distintos países, episodios de atrocidades tremendas. Así como hubo personas que se enfrentaron a la injusticia, también hubo otras que se aprovecharon de ella, como en el caso de Karadima en Chile, un cura que abusó de menores. Es algo que sucede.
Frente a eso, hacer un disco de alabanzas nos parecía tremendamente irresponsable e inconsecuente, porque no era lo que queríamos hacer. Al contrario, buscábamos una revisión, una reflexión, una crítica y, sobre todo, instalar preguntas. Por ejemplo: ¿qué significa hoy ser chileno? Y eso se puede extender a ¿qué significa ser latinoamericano?, en un contexto en el que nuestra identidad está siendo cada vez más mercantilizada por la cultura pop estadounidense, manoseada, incluso pervertida. Es complejo. Son tiempos complejos para hablar de identidad.
Cuando hablamos de lo que es ser chileno, en realidad hablamos de una mezcolanza. Hoy, ser chileno es, en gran medida, la incertidumbre misma. Y creo que eso se puede trasladar a cualquier país de Latinoamérica. Es incertidumbre, pero también la capacidad de levantarse frente a ella. Somos un continente tremendamente fluctuante, con altos niveles de migración, lo que nos complejiza y nos enriquece, pero también nos plantea desafíos que nos obligan a estar en diálogo constante, tratando de entender qué está pasando.
Yo te lo digo también como profesor: es algo que veo. Al enseñar historia de Chile a estudiantes que muchas veces no son de origen chileno, surgen preguntas y dificultades que obligan a replantear cómo abordar esos contenidos. Son tensiones que terminan permeando otros espacios culturales. Es el mundo, el país y el continente que nos toca habitar, y hay que tratar de sacarle el mayor provecho posible, de hacerlo un mejor lugar para vivir para todos.
Y en medio de todas esas reflexiones aparece también algo muy personal: la enfermedad de mi padre, a quien le detectaron cáncer de estómago en 2024. Ese fue un momento clave. Yo tuve una formación católica en el colegio, no porque venga de una familia particularmente religiosa —más bien lo contrario—, pero igual es algo que marca la forma en que uno ve el mundo. Conceptos como la bondad, la empatía, toda esa estructura valórica que transmiten esas instituciones, de alguna forma quedan. Y ahí entro en un conflicto profundo. Creo, incluso, que los colegios católicos son más una fábrica de agnósticos y ateos que otra cosa [Risas]. Nadie sale muy convencido después de pasar por ahí.
Pero cuando pasa lo de mi padre, entro en una tensión muy fuerte: ¿a quién recurre uno cuando todo se va al carajo? Sobre todo en momentos así. Y ahí encontré otra forma de conexión espiritual, distinta. No tenía que ver con ir a misa o repetir rituales, sino con encontrar mi tiempo, mi espacio, cuidar a mi familia, estar presente, ir a templos vacíos, leer, pensar, hacer pausas. En un mundo que va cada vez más rápido, hiperaccesible, donde todo es inmediato, también existen formas de ir más lento, de respirar, de reconocerse con límites, errores, fracasos, y construir algo desde ahí. Edificarse desde las propias derrotas y los propios perdones. Para mí, eso también es una forma de espiritualidad sana.
No todo tiene que estar ligado a una doctrina rígida. Uno puede creer en un país mejor, en un mundo mejor, en ser mejor persona. Y también se puede creer en Dios sin necesariamente endiosarlo tanto. Puede ser incluso una figura más humana, más abierta a interpretaciones. Creo que, al final, lo importante para nosotros era abrir esa conversación, poner sobre la mesa todas estas preguntas y tensiones.
También me pareció muy interesante cómo, como banda, no les da miedo tomar una posición política. Lo demostraron en el álbum y también en sus presentaciones en Lollapalooza, por ejemplo. En ese sentido, ¿qué lugar creen que debe ocupar la música frente a la política? ¿Sienten, como grupo y a nivel personal, una responsabilidad en ese sentido?
Nosotros creemos que la música tiene que hablar, principalmente, del mundo en el que vivimos. Y es evidente que este contexto —tremendamente agitado a nivel socioeconómico, cultural y político— nos tiene que interpelar sí o sí, y llevarnos a conversar sobre lo que está pasando antes de que esas cosas nos pasen por encima. Hay que entender que, si no hablamos de lo que sucede en este mundo que se nos dio, si lo rechazamos y hacemos como que no existe, esas cosas van a seguir ocurriendo. No dependen de nuestra interpretación: el mundo es lo que es, pero también puede —y debe— ser mejorado de alguna forma. Me rehúso a creer que las cosas van a seguir así por el resto de nuestras vidas, como si fuera simplemente “lo que es” y ya. No.
Siento que, al menos, podemos encontrarnos en la diferencia y conversar en torno a las cosas que nos afectan, a las que nos tiran para atrás. En Chile son varias. Están pasando muchas cosas a nivel político. Tenemos un gobierno de una línea ultraconservadora que acaba de asumir, y vemos cómo su aprobación se cae a pedazos. Pero no es cierto que Chile sea un país de ultraderecha. No es cierto que sea un país hipermega conservador. Tampoco lo es Argentina, ni Perú. Lo que hay es un momento de tremenda desilusión política, una crisis profunda de confianza en las instituciones. Son tiempos en los que el continente empieza a cuestionarse incluso la palabra “libertad”: hasta qué punto cedemos nuestras libertades individuales y cuál es su verdadero alcance.
Vemos, por ejemplo, cómo en Argentina se posiciona Javier Milei como presidente electo, haciendo gárgaras de este lema de “viva la libertad, carajo”. Y uno se pregunta: ¿qué es la libertad?, ¿cuáles son sus límites? Si la libertad a la que aspiramos como continente es la de Estados Unidos, sinceramente yo no estoy de acuerdo, no me parece. Y, a partir de eso, de lo que vemos y de lo que nos toca vivir, hacemos arte.
Con Candelabro siempre hemos hecho canciones en torno a eso. El primer disco tiene temas más adolescentes, más joviales, más inocentes, incluso más juguetones, pero también otros más oscuros, porque ese era el momento que estábamos viviendo como país y a nivel individual. Este último disco, en cambio, es más denso —y más raro— porque los tiempos en los que vivimos también lo son. Obviamente, también hay espacio para gritar, para llorar y para bailar. No todo es terrible, no todo puede ser malas noticias. Hay muchos motivos para seguir creyendo, para querernos, para aspirar a ser felices. Pero frente a la situación que estamos atravesando como país, ¿cómo no hacer canciones sobre eso, si está tan al alcance, tan a la vista?
Yo vivo a una cuadra del Palacio Presidencial, La Moneda. Literalmente a una cuadra. Vivo en el centro de Santiago y me ha tocado ver de todo. Después de haber vivido años en Peñalolén, que es una comuna más periférica, he visto el tránsito de la ciudad, el deterioro en algunos casos, pero también el crecimiento y el auge de otros espacios. En mi caso, y en el de los chiquillos de Candelabro, muchos somos primera generación universitaria. Venimos de familias de clase media baja, de mucho esfuerzo, familias que lograron tener casa propia gracias a subsidios estatales. Yo estudié con gratuidad, es decir, no pagué mi educación superior.
Entonces, ¿cómo no hablar de política? Creo que esa es la verdadera pregunta: ¿cómo no hacer canciones sobre política? Tendríamos que vivir en otro mundo, en otro Chile, en otro continente. Pero este es el mundo en el que vivimos, este es el país en el que vivo, y soy profundamente agradecido de ser chileno y de ser parte de Latinoamérica. En eso no me pierdo.
No sueño con hacer música de vanguardia en Europa, no me interesa. No sueño con tocar en un club de jazz en Nueva York, tampoco. Lo que me importa es que mi música haga sentido aquí, donde vivo, para la gente que conozco y para la que no, en mi país y en el continente. Y si se abren puertas para tocar afuera, obviamente no voy a decir que no, pero mi intención primaria —y la de todos nosotros— es hacer eco del país en el que nos gusta vivir y que también elegimos vivir.

Es un mensaje potente, sobre todo al pensar en su proyección fuera de Chile. Ahora, con su próxima gira por España, ¿cómo se sienten al llevar su música a nuevos públicos? ¿Qué esperan de esta experiencia y qué les gustaría dejar en el público español?
Para seis de los siete, será la primera vez en Europa. Muchos de nosotros también salimos por primera vez del país gracias a Candelabro: fuimos a Argentina, después a México y ahora nos toca España. Antes de eso, eso sí, vamos a pasar por Perú.
Sumar España a la ecuación es algo que no teníamos previsto. Es una emoción muy grande, pero también un desafío importante. Queremos —como en cada lugar donde tocamos— dar lo mejor de nosotros y ofrecer un show a un nivel excelente: que suene bien, que la gente se vaya contenta y nosotros también volver a Chile con la sensación de haberlo dado todo en unas fechas que sabemos que van a ser intensas.
Es la primera vez que Candelabro tiene una gira como tal, con varias fechas seguidas, y tenemos muchas ganas de disfrutar la experiencia. En lo personal, también me entusiasma mucho la comida [Risas]. La gastronomía argentina me encantó, la mexicana es una locura, y ahora estoy muy emocionado por lo que será Perú y, por supuesto, España. También por conocer gente, hacer amigos y generar vínculos que den ganas de volver.
Ahora que mencionas esa primera experiencia de salir de Chile con Candelabro, es inevitable hablar de Lollapalooza y todo lo que generó para ustedes. ¿Cómo vivieron la experiencia de presentarse en un escenario tan grande y con una recepción tan positiva del público?
Es nuestro segundo año yendo. Fuimos el año pasado con nuestro primer disco, después pasamos por Fauna Primavera y ahora nos tocó volver a Lollapalooza. La verdad, fue una experiencia increíble: tocamos para mucha gente, fue muy emocionante y quedamos súper contentos.
La invitación llegó porque se había bajado una banda gringa —no recuerdo cuál—, y obviamente no dudamos en aceptar. Fue un show en el que dimos todo. Además, trabajamos con un equipo muy profesional: María José Tapia en las visuales, Chalo González en el audio, Emanuel Irarrázabal en los retornos, junto a todo un equipo humano tremendo como Isidora Blanco y Carla Arias de Armónica, entre otros, todos muy comprometidos con el proyecto.
También fue muy especial que se transmitiera vía streaming y que quedara registro en YouTube. Hubo familiares, amigos y gente de otros países viéndolo en vivo, algo que nunca nos había pasado y que lo hizo aún más significativo.

Tras este recorrido, queda claro que Candelabro, aún en sus primeros pasos, ya es uno de los proyectos más relevantes del rock latinoamericano actual. Su forma de abordar temas como la religión y la política resuena con especial fuerza en el presente, donde las coyunturas en ambos ámbitos interpelan tanto a adultos como a jóvenes. Así, la banda logra conectar con distintas generaciones a la vez y, más importante aún, abrir espacios para la reflexión y la memoria.
En ese sentido, Candelabro no aparece como una excepción, sino como una señal: el rock en español no está mirando hacia atrás, sino buscando nuevas formas de existir en el presente. Y en ese proceso, su música ya no solo acompaña el momento, sino que empieza a definirlo.
Tomado de https://es.rollingstone.com/



