Moto del día: Tul-Aris
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A finales de los 90, mientras las grandes fábricas japonesas se peleaban por arañar unos gramos a sus Superbikes de cuatro tiempos, un hombre en Minnesota (EE.UU.) estaba demostrando que la física no entiende de presupuestos millonarios, sino de buenas ideas. Ese hombre era Robin Tuluie, un astrofísico cuya pasión por las motos le llevó a crear la Tul-Aris, una máquina que parece diseñada por la NASA y que durante un tiempo fue el terror de los circuitos estadounidenses.
La primera gran locura de Tuluie fue la elección del motor. En lugar de adaptar un motor de moto convencional, echó mano de un bloque Polaris bicilíndrico de 800 cc y dos tiempos, originalmente diseñado para motos de nieve. ¿Por qué? Por su sencillez y su brutal entrega de potencia.
Tras pasar por sus manos, este motor era capaz de escupir 180 CV. Pero lo más impresionante no era la potencia máxima, sino un par motor que ponía en aprietos a cualquier neumático trasero de la época. Tuluie diseñó sus propios escapes y un sistema de admisión que aprovechaba cada centímetro cúbico para convertir la gasolina en puro empuje.
Si el motor era exótico, la parte ciclo era revolucionaria. Tuluie aplicó sus conocimientos en simulación por ordenador para diseñar una moto donde el motor era la estructura principal. No había un chasis perimetral al uso; el motor unía la dirección con el basculante.
Para la suspensión delantera, descartó la horquilla telescópica convencional y optó por un sistema de triángulos superpuestos tipo Hossack, lo que permitía separar las fuerzas de frenado de las de amortiguación. El resultado era una moto que permitía frenar mucho más tarde y entrar en la curva con una precisión quirúrgica. Todo el conjunto estaba fabricado en aluminio mecanizado y fibra de carbono, logrando un peso final de apenas 120 kg.
La Tul-Aris no fue solo un ejercicio de estilo o un prototipo de exposición. Tuluie la puso a correr en el campeonato Formula USA y en la Pro Thunder de la AMA, donde empezó a merendarse a las Ducati y Aprilia oficiales. Los pilotos que se subieron a ella coincidían en una cosa: era la moto más rápida y con mejor paso por curva que habían pilotado jamás, pero también una que requería manos de cirujano para dominar los 180 CV de un motor de dos tiempos sin apenas ayudas electrónicas.
Hoy, la Tul-Aris descansa como una pieza de culto, recordándonos una época en la que un individuo con suficiente talento y un ordenador podía desafiar el orden establecido. Robin Tuluie acabó trabajando en la Fórmula 1 (para Renault y Mercedes), aplicando esa misma “ciencia de cohetes” que un día le llevó a meter un motor de moto de nieve en un chasis imposible.
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