Moto del día: BSA A10 Super Rocket
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Si hablamos de la jerarquía del motociclismo británico antes de la invasión japonesa, la BSA A10 Super Rocket –1958-1963– ocupa por derecho propio el escalón más alto en cuanto a carácter y prestaciones puras. No nació para ser una moto amable de paseo, sino para reclamar el trono de la velocidad en un momento en el que el cronómetro y las 100 millas por hora dictaban quién mandaba en la carretera.
Esta máquina no fue una simple evolución; fue la respuesta contundente de Birmingham Small Arms –BSA– a la Triumph Bonneville. Mientras otros buscaban suavidad, los ingenieros de BSA decidieron que la clave estaba en apretar las tuercas al veterano bloque bicilíndrico de 650 centímetros cúbicos, dotándolo de componentes que rozaban lo competitivo para crear la bicilíndrica más rápida que la marca había puesto jamás en la calle.
Un corazón de aleación y espíritu Racer
El motor era el alma de esta máquina: un bicilíndrico en paralelo de 646 centímetros cúbicos refrigerado por aire. Pero el secreto de la Super Rocket estaba en sus entrañas. A diferencia de las versiones más tranquilas, esta montaba una culata de aleación ligera –fundamental para disipar el calor cuando se le exigía el máximo– y un árbol de levas de alto rendimiento conocido como el “357 racing cam”.
Alimentada por un carburador Amal TT de competición en sus primeras series –luego sustituido por el Monobloc para ganar algo de suavidad–, la Super Rocket rendía unos generosos 43 CV. Puede que hoy te parezca una cifra modesta, pero en 1958, combinada con un peso que no llegaba a los 190 kg, era potencia suficiente para dejar atrás a casi cualquier cosa con ruedas en un semáforo.
La estética de los “Ton-Up Boys”
Visualmente, la Super Rocket es puro arte mecánico. Su depósito cromado con detalles en rojo, sus guardabarros envolventes y ese velocímetro Smith graduado hasta las 120 mph –toda una declaración de intenciones– cautivaron a los Rockers de la época. Era la moto que querías tener aparcada en la puerta del Ace Cafe.
En cuanto a su parte ciclo, aunque todavía usaba frenos de tambor –que en frenadas intensas podían llegar a dar algún susto por fatiga–, la BSA tenía fama de ser más estable y “aplomada” que sus rivales de Triumph gracias a un chasis de cuna doble muy robusto. Eso sí, como buena británica de la vieja escuela, las vibraciones a alta velocidad eran parte del equipamiento de serie: si no vibraba, es que algo iba mal.
El fin de una estirpe
La BSA Super Rocket se mantuvo en producción hasta 1963, cuando fue sustituida por la A65 de construcción monobloque (motor y caja de cambios en una misma unidad). Para muchos puristas, la Super Rocket fue la última “verdadera” gran BSA, una moto con un carácter rudo y una fiabilidad mecánica que, bien mantenida, era superior a la de muchas de sus contemporáneas.
Hoy en día, es una de las piezas más buscadas por los coleccionistas de clásicas británicas. No solo por su belleza, sino por representar ese momento justo antes de que la industria japonesa cambiara las reglas del juego para siempre con motores más suaves y, sobre todo, que no dejaban charcos de aceite en el garaje.
La unidad de las imágenes fue subastada por Bonhams en 2022
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