Crítica: el nuevo disco de Jack White es pura furia para los tiempos que corren

«Tengo una regla: no empiezo nada que no pueda terminar», anuncia Jack White al comienzo de la incesante descarga de este álbum —una mezcla de blues marcial y contundente con una puesta en escena digna de un ejército de guitarras—, resumiendo su código moral entre el ritmo entrecortado y los arrebatos de distorsión aguda de «Derecho Demonico» (así, en español). Y hay más: «Lo que hago, cómo lo hago y por qué lo hago… nada de eso es asunto tuyo», advierte, disparando cada verso como si escupiera balas. Más vale no cruzarse en el camino de este tipo.
Frozen Charlotte es el octavo álbum en solitario de White —el cuarto en otros tantos años— y su fiesta de estudio más sostenida en clave de garage maximalista desde aquel arrollador éxito de los White Stripes: Elephant (2003). Había más espacio para tomar aliento entre la arrogancia y la densidad de Led Zeppelin II que en la vertiginosa sucesión de temas de White: desde la diablura de «Derecho Demonico» hasta el riff en avalancha y el órgano Hammond en llamas de «There’s Nobody There»; pasando por la lluvia intensa de percusión tribal y los cánticos a gritos de «Raising the Grain»; y el caos desenfrenado al estilo de la Motor City de 1968 de «You’ll Never Fix Me».
En esta última descarga, White y su actual y demoledora banda de gira —el bajista Dominic Davis (uno de los Buzzards originales del líder), el baterista Patrick Keeler (The Greenhornes, The Raconteurs) y el mago del órgano B-3 Bobby Emmett (exmiembro de los enérgicos The Sights, de Detroit)— tocan con la intensidad de un cartel de sábado por la noche en el Grande Ballroom junto a SRC y MC5, añadiendo además el toque final de una estela fantasmal de mellotrón cortesía de Emmett.
Este disco —que toma su nombre de la escultura de White que aparece en la portada, una imagen de inocencia rota y amenaza inminente derivada, a su vez, de una canción folclórica tradicional sobre la vanidad fatal de una joven— encarna a la perfección la furia de nuestros tiempos: son 13 canciones de desorden perpetuo, vínculos puestos a prueba e idealismo bajo asedio. White no teme señalar casos concretos en internet; menciona nombres y denuncia hipocresías descaradas en sus publicaciones. Sin embargo, aquí la fuerza de su argumentación es a la vez más críptica y universal: una reacción en cadena frenética de juegos de palabras escurridizos, chistes internos y aforismos explosivos —como granadas de mano— que igualan la intensidad de los golpes sonoros, fuertes y retorcidos, de la música.
«Oye, estoy confundido y apuesto a que se nota», confiesa White en «Nobody Knows», intercalando una referencia a los denisovanos (una subespecie asiática de los neandertales; tuve que buscarlo) y citando a Isaac Newton, Albert Einstein y Pitágoras como si se tratara de una rueda de reconocimiento policial sacada de una canción de Bob Dylan de 1965. Más adelante, entre el estruendo de guitarra con efecto marmolado de «All Alone Again», White prescribe una medida extrema como si estuviera charlando contigo sobre la valla del jardín: «Para encontrar una aguja en un pajar / bueno, es facilísimo: / simplemente quemas el pajar / y entonces encontrarás lo que necesitas».
Bob Dylan tenía razón: todo está roto. También la tenía Iggy Pop en 1973: «El poder puro seguro vendrá corriendo hacia ti». En «G.O.D. and the Broken Ribs», White abre el álbum con su propia versión de esa contradicción empoderadora, probando sonido en un Jardín del Edén del fin de los tiempos («Prueba de micrófono: uno-dos, uno-dos») con una confianza creciente que se manifiesta en acordes secos y guturales, furiosos rellenos instrumentales y la agitación superpuesta de sus armonías de «ángel sucio» interpretadas por él mismo: «Parece que tenemos un / pequeño lugar para hacer / las cosas que necesitamos hacer ahora».
Nada resulta fácil, por supuesto. Abundan las pruebas y tribulaciones en las relaciones entre hombre y mujer en medio de toda esa estática temática: el «cementerio de poses de cocina» en «There’s Nobody There» o el alboroto suplicante de «Thick as Thieves». Y el inquietante y paranoico cierre de «Neighbor Blues» —un tema de combustión lenta al estilo de «Ball and Biscuit» de Elephant, pero blindado para la era de la vigilancia— culmina con White invocando su propio vudú («Sobre tu tumba, tres gallos montan guardia»).
Nada de esto ofrece una resolución inmediata. Tampoco hay rendición, aunque sí una gran vía de escape. La guitarra slide de White en «Dollar Bill» suena como una National Steel con esteroides hasta llegar al solo, momento en que se transforma en algo parecido a un theremín fuera de control. «I Can’t Believe What I’m Hearing» cuenta con un estribillo de gran factura pop, más cercano a los Pretty Things que a Son House. Y no hay que pasar por alto el comentario irónico de White sobre el antiguo mito fundacional de los White Stripes en la segunda estrofa de «G.O.D.», justo antes de abordar el verdadero asunto de la canción. «Bueno, ahora es el comienzo del mundo», declara al final del tema. «Hagámoslo todo de nuevo».
Nota original publicada en el portal de es.rollingstone.com el 13 de julio de 2026: https://es.rollingstone.com/arg-el-nuevo-disco-de-jack-white-es-pura-furia-para-los-tiempos-que-corren/.
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